jueves, 10 de octubre de 2013

El Carnicero de la Cabaña, el Ché. (Política, Economía. 2.063)

Un artículo sobre el falso mito que se ha creado sobre el Ché Guevara, totalmente infundada (pero extraordinariamente difundida por la propaganda revolucionaria) en cuanto se indaga levemente en su historia y actos y dichos llevados a cabo, y que muestran a un asesino despiadado, un brutal racista, que no murió por sus ideales, sino que mató y fusiló por imponerlos, ni murió por la paz o los derechos humanos, sino atentando constantemente contra ellos.

En definitiva, un sanguinario totalitario que la gente y masas mitifican, sin conocer siquiera sus actos llevados a cabo.

Artículo de Luciano Bugallo:

"Hoy se cumplen 46 años de la muerte de quién  pronunció en la Asamblea General de la ONU en 1964, las sangrientas palabras que más abajo se resaltan, y sea quizás, el personaje más discutido en cuanto a la lucha política e ideológica se refiera en las últimas décadas.

Ernesto Guevara, el Che, es para muchos un ídolo amado, y para otros, entre cuales me encuentro yo, es el esqueleto de un falso mito que ha tejido el cursar de la historia. Se cuentan de a miles las historias de este joven idealista de origen argentino, luchador infatigable de los pobres y necesitados, de un Robin Hood latinoamericano, pero que muchas de éstas leyendas, quedan infundadas en el primer instante que uno indaga un poco acerca de su vida e historia como idealista guerrillero. Eso sí, siempre y cuando no nos dejemos confundir por la puesta en escena del marketing revolucionario comunista, e incluso, mucho más aún, del mismísimo capitalismo cinematográfico, que enarbola personajes mediáticos y populares a límites casi inalcanzables, con el solo objeto, de lucrar después con su imagen.
“Fusilamientos si, hemos fusilado, y seguiremos fusilando mientras sea necesario. Nuestra lucha, es una lucha a muerte.” (1)
Cuarenta y seis años pasaron que el líder revolucionario, fuera entregado y asesinado, por aquellos mismos que él decía ir a liberar. Cuatro décadas después de aquella desaparición física, el Che, es imagen conocida en millones de remeras, posters, panfletos revolucionarios, y banderas que levantan muchos de aquellos que sienten en su interior, la necesidad de estar haciendo la revolución, sea cuál fuera, o peor aún, muchos de aquellos que aseguran defender los Derechos Humanos, ignorando por sobre todas las cosas, que de estar éste con vida, lo más probable es que no hubiera ahorrado pólvora en asesinarlos, o en el mejor de los casos, secuestrarlos y encerrarlos en los Gulag cubanos, a fin de ser corregidos y encaminados a parecerse lo más cercanamente posible al ideario del hombre nuevo.
 
Negros, blancos, disidentes políticos, guerrilleros sospechados de conspirar contra “la Revolución”, artistas, campesinos, homosexuales, y cubanos de a pie, fueron masacrados en forma directa, o en forma indirecta bajo la responsabilidad del Carnicero de la Cabaña, apodo que se había ganado en la jefatura de La Cabaña, una tenebrosa fortaleza colonial donde fueron ejecutados cientos de personas, en juicios sumarios sin las mínimas garantías procesales. La mayoría de ellos no llegaba a los 30 años.
“…teñiré en sangre mi arma y, loco de furia, degollaré a cuanto vencido caiga en mis manos. Ya siento mis narices dilatadas saboreando el acre olor de pólvora y de sangre, de muerte enemiga.” (2)
Muchos de sus apologistas y acólitos lo veneran alegando que “el Che murió por un ideal”. Frase que incluso es recogida con indolente aprecio hasta por aquellos que no comparten el ideal del Che Guevara, pero indulgentemente le reconocen “haber entregado su vida por ella”. Argumento efectista y efectivo aunque falaz, puesto que lo trascendente en Guevara no es que “haya muerto por sus ideales” sino que haya fusilado a mansalva por imponerlos. La muerte no es lo relevante en Guevara, dado que él mismo buscó afanosamente ese final y lo encontró en su ley. No murió “en defensa de la paz” ni de los “Derechos Humanos”, sino atentando contra éstos valores.
 
La Che-manía que nació allá por los años 60, se resiste a desaparecer. Es estimulada por la frivolidad de la izquierda y por la falta de escrúpulos de los que comercian con la lucrativa imagen, convertida en un icono pop. La idolatría del verdugo castrista es uno de esos contrasentidos de que se nutre el “ideario antimperialista”. ¿Cómo entiende uno a esos que protestan contra guerras como la de Irak, o Iran, al mismo tiempo que enarbolan la efigie de una figura que predicaba la violencia sistemática?
 
No es la ternura lo que se pierde, sino la cordura, cuando se le rinde culto a un personaje que se propuso imponer a tiros y bombazos su distopía sangrienta. La imagen romántica del revolucionario idealista, nos oculta la dimensión sanguinaria de ese espectro que recorre el mundo con todo el espanto de su monosílabo totalitario. El Che, como elijen llamarlo sus fans y admiradores, o El Carnicero de La Cabaña, como lo definen los cubanos que vivieron de cerca su sanguinaria crueldad, hoy cumple 46 años de asesinado, y continúa siendo un mito que seguramente nunca vaya a desaparecer, uno de esos mitos, que a mi modo de ver, mejor ejemplifica aquella frase de David Hume: “aquellos que pretenden morir por sus ideales, por lo general, terminan matando por ellos”.
 
(1)   Intervención del Che Guevara en la ONU, 11 de diciembre de 1964.
(2)   Ernesto Guevara, en “Mi primer viaje: de la Argentina a Venezuela en motocicleta”. Página 182."

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