sábado, 25 de febrero de 2017

El género como doctrina y el sexo de los ángeles

Javier Benegas analiza otro caso más de propaganda y fake news con la pretensión de ocultar y menospreciar la biología para conseguir metas políticas entorno a la ideología de género, a raíz de un reciente estudio sobre el cerebro de los hombres y mujeres. 

Artículo de Voz Pópuli:
Macaco japonés en Yamanouchi, Japón.Macaco japonés en Yamanouchi, Japón. Steven Diaz
En fecha reciente, numerosos diarios se hicieron eco de un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), cuyo título traducido al español era “Sexo más allá de los genitales. El mosaico del cerebro humano”. En él se pretendía demostrar que, si bien morfológicamente hombres y mujeres se distinguen por sus órganos genitales, tal diferencia no existe en sus cerebros.
Ante tan importante descubrimiento, no faltaron lo titulares sensacionales (“¡los cerebros son unisex!”) ni los cuerpos de texto que presentaban el estudio como si se tratara de la verdad revelada. No hubo ni una sola nota discrepante, ni un solo matiz… salvo en un caso, pero de forma muy tenue y en las últimas líneas. Un salto tan trascendente para la humanidad no admitía discrepancias. Por fin se demostraba que hombres y mujeres eran esencialmente iguales: el sueño de la igualdad por decreto estaba mucho más cerca.

¿Hallazgo científico… o burdo ‘fake news’?

Sin embargo, si uno pasaba olímpicamente de las loas periodísticas e iba directamente al estudio en cuestión, pronto descubría que algo no iba bien, que las piezas no encajaban.
De entrada, los autores afirmaban que las diferencias documentadas de sexo/género en el cerebro a menudo se toman como soporte de un dimorfismo sexual ("cerebro femenino" o "cerebro masculino"). Sin embargo, tal distinción solo sería posible si las diferencias en las características cerebrales fueran altamente dimórficas e internamente consistentes.
Traducido al cristiano: los escáneres habían mostrado que, en efecto, existían diferencias entre los cerebros masculino y femenino, pero como su proporción no era del 100% para uno y del 0% para el otro, sino variable y con numerosos aspectos solapados, la conclusión era que no había un cerebro típicamente masculino y otro típicamente femenino, sino diferentes “mosaicos cerebrales”. Idea que, a lo sumo, serviría para explicar algo que ya sabíamos: que afortunadamente puede haber mujeres a las que les apasione jugar al fútbol y hombres que prefieran embutirse en unos leotardos y practicar ballet. En realidad, puestos a coger el rábano por las hojas, bien podrían haber concluido que no existía un cerebro humano típico… en general. Al fin y al cabo, quien más, quién menos, todo el mundo cree que tuvo enchufe en el reparto de cerebros.
Pero, ¡oh, sorpresa!, cuando los investigadores analizaron a fondo los datos del estudio, comprobaron que era posible identificar correctamente si un cerebro era de hombre o de mujer el 73% de las veces. Sorprendentemente, este dato fue ignorado por la prensa. Ningún valiente periodista lo divulgó, tal vez por temor a ser arrojado a la hoguera por hereje. La noticia, tal y como había sido difundida, era un ‘fake news’ de libro… pero los celosos guardianes de la “verdad” no lo detectaron. Es de suponer que estarían todos muy ocupados escudriñando la cuenta en Twitter de Donald Trump.
Para demostrar que el marco interpretativo de los investigadores era falaz, solo hacía falta hacer un sencillo ejercicio de lógica. Por ejemplo, sabemos que la media de estatura de los hombres es mayor que la de las mujeres pero que, sin embargo, esto no significa que cada hombre sea más alto que cada mujer. No obstante, que existan prevalencias 80-20 o 60-40 es un dato relevante que no es posible ignorar para el científico e invita a la investigación, no a la ocultación. Ahora bien, según la retorcida lógica empleada en el estudio de marras, el hallazgo no serían las medias discrepantes sino… ¡la imposibilidad de definir una estatura típicamente masculina y otra típicamente femenina!

El hombre de paja

Pero, Daphna Joel et al, es decir, los autores del estudio, no solo hacían una interpretación interesada de los datos, sino que insinuaban que había una “ciencia mala”, la ciencia machista, que nos imponía la idea de dos cerebros netamente diferentes: uno femenino y otro masculino –recordemos su cita: “las diferencias documentadas de sexo/género en el cerebro a menudo se toman como soporte de un dimorfismo sexual”–. Pero ¿de verdad sus colegas eran malvados machistas? No, en absoluto. De hecho, la neurociencia moderna jamás ha establecido la existencia de cerebros netamente distintos para hombres y mujeres. Entre otras razones, porque el cerebro humano es todavía un gran desconocido. Cosa distinta es que una y otra vez las investigaciones demuestren que el sexo sí importa (aquí y aquí).
Daphna Joel y sus adláteres necesitaban un hombre de paja, un supuesto enemigo, para elevar a causa social sus hallazgos, y hacer creer que la “verdad” estaba perdiendo el partido pero que ellos habían saltado al campo para darle la vuelta y ganarlo con un proverbial cabezazo al más puro estilo Sergio Ramos. Llegados a este punto, la pregunta es: ¿cuáles eran sus verdaderas intenciones? El siguiente párrafo, más propio de un politólogo que de un científico, las desvela:
"Las diferencias de sexo/género en el cerebro son de gran interés social, ya que su presencia normalmente supone demostrar que los seres humanos pertenecen a dos categorías distintas, no sólo en términos de sus genitales, y así justificar la diferencia de trato entre hombres y mujeres."
En definitiva, una vez quedara establecido que los cerebros son asexuados, las diferencias entre hombres y mujeres solo podrían explicarse por un factor: la educación sexista.

La imposición

Detrás de este estudio está la alargada sombra de una doctrina: el genero como producto exclusivamente del ambiente. Y como toda doctrina, lleva aparejados unos mandamientos. Hay que evitar desde muy temprano cualquier orientación sexual en los niños. No revelarles su sexo, vestirlos y decorar su habitación de forma neutral, excluir los juguetes sexistas, son, entre otras, las prácticas recomendadas. Así se liberaría a la persona de perversas expectativas sociales relacionadas con su sexo y se crearía un “ser humano nuevo”.
Lamentablemente, existe un cuerpo colosal de literatura y estudios científicos que demuestran la existencia de características biológicas predeterminadas que condicionan nuestro comportamiento desde la más tierna infancia; investigaciones que revelan cómo niños y niñas en edad lactante tienen preferencias distintas relacionadas con su sexo (aquí); incluso que prueban, no ya en seres humanos, sino en primates, que el sexo condiciona las preferencias de los individuos sin que se les aleccione previamente: los primates hembra se sienten atraídos por las muñecas, mientras que los machos se decantan por artilugios con ruedas (aquí).
Pero, misteriosamente, si uno lee la prensa, atiende a la propaganda y observa lo que hacen muchos políticos para conquistar nuevos nichos de votos, es como si todas estas evidencias científicas no existieran. De hecho, las investigaciones que no refuerzan las nuevas tesis transgénero se han vuelto invisibles. Y si, por alguna razón, un investigador consigue romper la ley del silencio, los activistas darán buena cuenta de él, como le sucedió a Kenneth Zucker, toda una autoridad en cuestiones de identidad de género en niños, que fue invitado a abandonar su puesto de director en The Child Youth and Family Gender Identity Clinic (GIC), en Toronto, por no comulgar con ruedas de molino. Una vez más, no nos enfrentamos a un debate racional.

El caos

A pesar de la ley del silencio, son numerosas las voces cualificadas que alertan de que es muy perjudicial tratar a los niños como si fueran una hoja en blanco, que darles a entender que el género es algo facultativo, de quita y pon, les genera confusión. De hecho, hay pediatras que sospechan que existe una correlación entre la creciente popularidad del Trastorno de Identidad Sexual (GID) y el incremento del número de visitas a sus consultas por esta causa.
Según American Academy of Pediatrics, mientras en 1970 del 2% al 4% de los niños y del 5% al 10% de las niñas de edades comprendidas entre los 4 y 18 años se comportó como el sexo opuesto ocasionalmente, en la actualidad del 5% al 13% de los adolescentes varones y del 20% al 26% de las adolescentes manifestaron un comportamiento de género cruzado. De estos, del 2% al 5% de los varones y del 15% al 16% de las niñas llegaron al convencimiento de que pertenecían al sexo opuesto. Pero aunque esta tasa es relativamente elevada, resulta que la prevalencia final es solo del 0,01% (1 entre 10.000 a 30.000).
Es decir, a pesar de que un creciente número de niños parecen estar experimentando el comportamiento de género cruzado, la evidencia es que, a medida que maduran, muy pocos solicitan el cambio de género. En conclusión, los casos de transgénero siguen siendo escasos pero el caos que se está generando es cada vez mayor.

La biología como tabú

Hoy, que un niño prefiera apuntarse a actividades musicales en vez de formar parte del equipo de fútbol del colegio, o que a una niña no quiera ser bailarina y sueñe con pilotar un Fórmula 1, debe entrar dentro de la normalidad porque, afortunadamente, los tiempos cambian. Esto significa que hoy hay más libertad para el individuo independientemente de su sexo. Pero, precisamente por esta razón, que algunos inquisidores puedan tachar de sexista todo aquello que se les antoje, es limitar la libertad. En realidad, con su imposición, lejos de eliminar viejas discriminaciones, añaden una nueva y, además, convierten la biología en tabú… como ocurría siglos atrás.

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