jueves, 8 de junio de 2017

No queremos tu dinero. El Estado ya provee gratis

Luís I. Gómez analiza el rechazo de la Asociación de Sanidad Pública de Aragón al donativo de Amancio Ortega. 

Es un ejemplo más del fin del estatismo y socialismo. Acabar con todo intercambio voluntario, con la libertad y propiedad privada como modo de solucionar problemas, y de ahí, su necesidad de vilipendiarlo y erradicarlo, pues es una alternativa que no pueden permitir. Toda decisión debe pasar por ellos, todos los recursos deben pasar por ellos, pues les pertenecen, y viven cual parásito de ti. Tu libertad, tus decisiones y tus propiedades están sometidas a su voluntad, y deben tener a todo el mundo bajo control, sometimiento y dependencia de ellos. De esa manera mantienen (y aumentan) su poder, su justificación de ser, y su imprescindibilidad.  


Artículo de Desde el Exilio: 



El lunes pasado la Asociación para la Defensa de la Sanidad Pública de Aragón mostró su rechazo a la donación de 10 millones que la Fundación Amancio Ortega acordó con la Comunidad Autónoma de Aragón. El colectivo explica que no es necesario “recurrir, aceptar, ni agradecer la generosidad, altruismo o caridad de ninguna persona o entidad” Via “El mundo
Estupefacción. Hasta que leemos su explicación, claro:
“Aspiramos a una adecuada financiación de las necesidades mediante una fiscalidad progresiva que redistribuya recursos priorizando la sanidad pública”
En resumen: es mejor robar con agresividad progresiva que aceptar la generosidad voluntaria.
A pesar de que la mayoría de las personas viven una realidad marcada por la escasez de dinero hemos desarrollado una fe inquebrantable en que, primero, el estado siempre tiene dinero y, segundo, la cantidad de dinero de que disponemos cada uno de nosotros no depende principalmente de los resultados del esfuerzo, sino que es una cuestión de reparto, de redistribución. Las consecuencias de esta esquizofrenia son una ilimitada actitud de exigencia/expectativa frente a la acción del estado, la aparición de una avasalladora cultura de la envidia y la consagración de la acción política como mera maquinaria de reparto de maná y bienestar, fundamentando así la hipercomodidad y el egocentrismo que caracterizan al votante/administrado/vasallo de hoy en día.
Pero hay algo que suelen olvidar estos estatólatras mendicantes: el estado está compuesto por personas, personas que toman decisiones bien al dictado de la ESCASEZ, bien al dictado de la ARBITRARIEDAD.  En los orígenes del llamado “estado del bienestar” era la escasez de recursos la que dictaba las políticas a seguir con la meta clara y definida de procurar la prosperidad económica y social de una mayoría. De un tiempo a esta parte, acunados en los mitos del “todo es gratis” y “el estado provee” hemos desarrollado la política del “cueste lo que cueste”, abonando la aparición de un inmenso aparato burocrático que, en primera línea, se ocupa de sí mismo y la propaganda necesaria para su autojustificación.  La conservación del poder es la meta principal, el reparto de “regalos y privilegios” la verdadera moneda, la corrupción apenas un daño colateral asumible. El resultado: una sociedad devastada en su autopercepción humanitaria e incapaz de generar prosperidad más allá de la que nace del saqueo constante a quienes producen y generan riqueza.
E INMORAL. Digo inmoral, porque sólo desde la inmoralidad, desde la total ausencia de sensibilidad con quien sufre una enfermedad como el cáncer y la absoluta rendición a la estatolatría recaudatoria es posible rechazar un generoso donativo de quien puede hacerlo.

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